Región Bajo cauca


Puerto Claver estrena cancha polideportiva para la recreación y la convivencia


“Es una obra de gran importancia para la gente que va a beneficiar a campesinos, afrodescendientes e indígenas”, destacó un líder comunitario sobre el escenario cofinanciado y entregado hoy por la Unidad para la Atención y Reparación Integral a las Víctimas en este corregimiento del municipio de El Bagre (Antioquia).

Desde hoy una población cercana a los dos mil habitantes del corregimiento Puerto Claver se benefician del nuevo escenario deportivo que promueve el deporte, la integración social y la convivencia en esta zona del municipio de El Bagre con alta población víctima del conflicto.

En un acto inaugural fue entregada este miércoles la cancha polideportiva y la adecuación del entorno del parque
Según Jorge Mario Alzate, director de la Unidad para la Reparación a las Víctimas en Antioquia la construcción de la cancha polideportiva principal, las cuales fueron solicitadas por la comunidad y cuya construcción cofinanciaron la Unidad para la Atención y Reparación Integral a las Víctimas y la y la Alcaldía Municipal.
Audio1  -  Audio2
Para el concejal y habitante de Puerto Claver, John Alberto Lastre, “es una obra de gran importancia para la gente que va a beneficiar a campesinos, afrodescendientes e indígenas, que somos la mayoría de los habitantes del corregimiento”.
Lastre, también líder comunitario, destacó que “la gente va a tener donde recrearse y esto ayudará a prevenir la violencia… nos hacia falta un escenario deportivo, sobretodo para  la juventud y los niños”.

Inversión en prevención y convivencia

y el mejoramiento alrededor del parque principal “se logró mediante un convenio interinstitucional y beneficiará a cerca de 2 mil personas, principalmente población campesina, afrocolombianos y indígenas,  entre quienes hay víctimas”.
Las obras significaron una inversión de 113 millones de pesos, de los cuales la Unidad aporta $61.968.500 y el municipio el valor restante.  Son parte de la estrategia de prevención y convivencia que desarrolla la Unidad para la Reparación a las Víctimas en los municipios afectados por el conflicto armado.
“El objetivo es la prevención y apoyar a la población víctima para el desarrollo social en su territorio y que no se repitan emergencias como la ocurrida a principios de 2016, cuando acudimos para atender a 193 familias (568 personas) desplazadas, que ya retornaron”, explicó Alzate.
Estas acciones, sumado al fin del conflicto con las Farc y su proceso de desmovilización,  han contribuido a la “tranquilidad” en la región, según el líder social y concejal  John Alberto Lastre. “La Unidad de Víctimas estuvo muy atenta con este último desplazamiento forzado que se superó y ahora estamos viviendo con más paz y se ve otro ambiente en comparación con antes, que vivíamos en zozobra”.
La entrega del polideportivo y la adecuación del entorno del parque en el corregimiento Puerto Claver  complementa las medidas de reparación individual y colectiva que se realizan en El Bagre, y que este año continuaron con la jornada de atención integral realizada en marzo pasado en Puerto Claver y Puerto López, en la que la Unidad para las Víctimas atendió cerca de 500 víctimas para notificar de su inclusión o no en el Registro Único de Víctimas, avanzar con la documentación de sus procesos de reparación y atención humanitaria.

Cambiaron cultivos de coca por cacao


Hernán Posso, un campesino que huyó de la guerra, y José, un obrero de construcción afectado por la crisis del sector, tienen algo en común: ambos terminaron en el Bajo Cauca antioqueño cultivando coca, pero hoy agradecen haber tenido la oportunidad de acercarse al cacao y llevar una vida más tranquila.

Hernán Ramiro Posso es un campesino humilde que durante años le huyó a la guerra pero terminó cultivando coca en el Bajo Cauca antioqueño. Tiene las manos callosas, mide menos de un metro 60 y sonríe con facilidad. Hernán es un conversador natural y las personas aprovechan su amabilidad para escucharlo y hablar con él. Esta tarde de jueves de finales de noviembre, Hernán camina por los alrededores del Parque Educativo de Tarazá, en medio de un calor sofocante y una humedad que hace agua la ropa en cuestión de segundos. Aprieta fuerte la mano al saludar pero lo hace con la amabilidad de un viejo amigo. Hace una pausa y comienza a contar cómo fue que decidió cambiar las plantaciones de coca por cultivos de cacao.
Hernán nació en el El Aro, un corregimiento de Ituango que saltó a la primera plana de los diarios por la incursión paramilitar de 1997, en la que murieron 17 campesinos. Para esa fecha Hernán ya se había ido a probar suerte al corregimiento de Santa Rita, también en Ituango. Allí conoció a su esposa y juntos hicieron su vida en este lugar hasta que, dos años después, el conflicto armado los obligó a desplazarse. Entonces llegaron a Puerto Valdivia, donde Hernán trabajó como carpintero pero meses después, siguiendo los pasos de sus cuñados, terminó montaña adentro trabajando como raspachín en los cultivos de coca.
“Era un trabajo duro, pésimo, difícil pero no había más opción”, recuerda. Entre tantas vueltas que da la vida, terminó metido en una campaña política y en el  vaivén electoral de la zona fue amenazado por un miembro de otra campaña. La historia se repitió y Hernán y su esposa debieron desplazarse de nuevo.
Así, la familia llegó al corregimiento La Caucana, de Tarazá, donde Hernán empezó a trabajar como jornalero, boleando rula y fumigando potreros en los infinitos valles de esta región. Cuenta que con el tiempo empezó a comercializar ropa y calzado en el pueblo y que con ello logró conseguir un dinero extra que luego invirtió en una pequeña propiedad en la vereda La Esperanza.
“Allí todo el mundo cultivaba coca y nosotros la seguimos cultivando porque no había más alternativa”, dice. Y es que durante varios años en esta región los campesinos cultivaron coca sin tener problema alguno con las autoridades.
“A nosotros no nos daba miedo porque eso era general y no había ninguna persecución”, advierte Hernán. Pero después del año 2000 comenzaron las aspersiones con glifosato y en cuestión de meses sus cultivos fueron destruidos. Desde ese momento Hernán y su familia empezaron a vivir momentos de angustia y tensión como cuando vivían en Santa Rita y en Puerto Valdivia. “Pasamos mucho susto en ese proceso porque cuando venían los aviones y helicópteros uno tenía que abandonar el trabajo y correr a esconderse”.
“Ahí fue cuando perdimos todo –se lamenta Hernán–. Hasta un cultivo de maíz que yo tenía en una orilla de los cocales, que ya estaba echando granito, quedó asado. No me comí ni un chócolo”, dice. Tras el paso de las avionetas las montañas quedaron desoladas y empezaron los apuros económicos para todos los campesinos de la zona. “Por donde uno miraba todas las montañas se veían desoladas. No había comida, no había nada. Era una situación muy difícil”.
El asunto no fue mejor en los años venideros. Dos, tres, cuatro, cinco… siete, ocho años, y los campesinos seguían igual. Solo fue en 2009, cuando llegaron algunos funcionarios de las Naciones Unidas y motivaron a la gente para que empezaran a cultivar cacao, que el panorama empezó a aclararse un poco.
Sin embargo, Hernán reconoce que este cambio fue difícil porque había mucha oposición por parte de los vecinos. Según él, los funcionarios les exigían a los productores que debían motivar a sus vecinos para erradicar los cultivos ilícitos, “pero nosotros en eso no nos quisimos meter”.
Con el tiempo las familias empezaron a animarse con el nuevo cultivo. Para muchas de ellas era la opción que estaban esperando hacía varios años. Los meses pasaron y varias veredas de la zona fueron certificadas como libres de coca y más familias empezaron a recibir las ayudas del gobierno y capacitaciones en técnicas de siembra y administración de cultivos de cacao.
Ahora Hernán agradece al cielo haber superado esa experiencia y haber conocido el cacao como una oportunidad para alejarse de los cultivos ilícitos.
“Ahí fue cuando perdimos todo. Hasta un cultivo de maíz que yo tenía en una orilla de los cocales, que ya estaba echando granito, quedó asado. No me comí ni un chócolo”

El obrero que terminó cultivando coca

José Fernando Gómez trabajaba como obrero de construcción en Medellín, pero un día quedó desempleado y después de seis meses terminó enganchado en los campos de coca del Bajo Cauca antioqueño.
José es un hombre tranquilo y mientras cuenta su historia sigue con atención los pasos de sus hijos, Luisa y Luis Ángel, que juegan por los pasillos del Parque Educativo de Tarazá.
José explica que de un momento a otro el negocio de la construcción se puso pésimo y como además tenía que responder por su familia, no encontró más opción que viajar al Bajo Cauca y empezar a cultivar coca.
“En ese entonces –año 2000–  sembrar coca era muy fácil porque los coqueros, que eran campesinos ‘bien plantados’, patrocinaban las semillas, la comida y todo lo demás hasta que salía la producción”. Sin embargo, continúa, “era muy duro porque uno a toda hora se sentía vigilado, si uno se venía pal pueblo o iba a salir para Medellín, tenía que pedir permiso. Antes de llegar aquí a uno ya lo habían requisado por ahí tres veces”.
José recuerda que en esta zona el dinero corría a borbotones, pero también la inseguridad, por lo que no era extraño que mataran a las personas por quitarle sus pertenencias. Esa intranquilidad constante llevó a José a querer alejarse de ese trabajo, pero no fue fácil pues eran pocas las posibilidades que había para dedicarse a otra cosa.
“En ese entonces me conocí con la mamá de mis hijitos, todavía estaba yo en el negocio de la coca y ella me decía: ‘vámonos para otra parte’, pero yo le respondía, ‘pa dónde si no hay empleo ni hay nada’”. El apoyo de su esposa resultó siendo un gran empujón para que José se reuniera con otros campesinos del pueblo y conformaran, en agosto de 2004, la Asociación de Cacaoteros de Tarazá, Acata.
Igual que Hernán, José reconoce que los primeros años de constitución de la asociación fueron difíciles, pues la administración municipal y los bancos le negaban cualquier ayuda o crédito a quien hubiera cultivado coca. Solo hasta 2009, que llegó la ayuda gubernamental, los cacaoteros empezaron a recibir apoyo y comenzó a escribirse una nueva historia donde la coca empezó a perder protagonismo

Festival del cacao

Hernán y José llegaron al Parque Educativo de Tarazá para participar del Primer Festival del Cacao del Nudo de Paramillo, un evento organizado por la Red Nudo de paramillo y que bajo el noble título de “El cacao, esperanza de paz”, busca promover en la región la producción de cacao como una oportunidad de desarrollo para las familias campesinas que se han acogido al programa de sustitución de cultivos ilícitos.
Durante dos días cientos de familias cacaoteras pudieron participar en charlas de educación financiera, comercialización, nuevos clones y hasta en un foro donde se habló de las potencialidades del cacao en los mercados internacionales. Los asistentes pudieron pasearse por el Salón del Chocolate, una amplia muestra de productos a base de cacao hechos en la zona, disfrutar del reinado del chocolate, del concurso de desgrullado y de otras actividades culturales que durante un par de días sacaron de la rutina a los habitantes de Tarazá.
“Yo veo en este evento algo muy positivo”, comenta, alegre, Hernán Ramiro al hacer un balance del festival. “Esto va a motivar a mucha gente para empezar a cultivar cacao y eso está bien”.
Aunque algunas dolencias físicas han alejado a Hernán de los campos de cacao, continúa integrando la Asociación de Cacaoteros de Tarazá. Mientras tanto, aprovecha para ayudarle a su esposa en un pequeño taller de confecciones y en sus ratos libres colabora en una distribuidora de banano.
Hernán es un hombre fuerte y nunca se ha amilanado ante las dificultades. Poco antes de finalizar la conversación, cuenta que a los 58 años logró terminar el bachillerato, a pesar de las burlas de algunos de sus compañeros. Y ante la pregunta obligatoria de qué lo llevó a estudiar después de ‘grande’, no duda en responder: “Las ganas de superación y la iniciativa propia. A mí me ha gustado mucho la educación y el estudio. Además, quería dar un testimonio de superación a los jóvenes y a mis propios hijos”.
Antes de despedirse, Hernán aprovecha para enviarle un mensaje a quienes aún no se han atrevido a dar el paso para alejarse de los cultivos ilícitos:
“Yo quiero invitarlos a que se vinculen a lo lícito, a lo legal y a que nos acojamos a la paz, a que volvamos a vivir como cuando éramos niños”.
José también quiere terminar la entrevista para seguir jugando con sus hijitos, pero antes de ello reflexiona sobre lo que su trabajo aportó a la guerra, aunque cree que esta experiencia debía vivirla para ser la persona que ahora es. Ahora, asegura, vive tranquilo, cuida de sus hijos y en la región todos lo conocen como “un man que sabe mucho de cacao”.
“Si esta experiencia no se hubiera cruzado en mi vida, a lo mejor estuviera en Medellín pegando ladrillos o en alguna transversal haciendo quién sabe qué”.
Y así como Hernán, José también aprovecha su conocimiento y experiencia de vida para invitar a los campesinos a que se acojan a cultivos distintos a la coca:
“Yo he hablado con ellos y muchos me han preguntado: ‘¿hombre, el cacao sí paga?’. Y yo les digo: ‘mírenme a mí, acuérdense cuando yo fui coquero, yo me mantenía en las cantinas, allá dejaba mi plata y véanme ahora, no tengo mucha pero tengo unos hijos que van para arriba, tengo mi ranchito y tengo mis peces. ¿No es eso suficiente?”.
Contexto
Según Germán Sánchez, director ejecutivo de la Red Nudo de Paramillo, en el Bajo Cauca hay 1.056 familias vinculadas a Chocolate Colombia, una organización que agremia a ocho asociaciones de cacaoteros de la región del Nudo de Paramillo. Estas familias tienen aproximadamente 3.116 hectáreas cultivadas y se trabaja para elevar los volúmenes de producción que ahora está en 400 toneladas al año. “El mensaje que nos deja el Festival de Cacao Nudo de Paramillo –explica Germán– es que no podemos desfallecer y que hay que seguir sembrado cacao, que hay que seguir trabajando con el cacao y seguir aprendiendo mucho del él porque tiene mucho que enseñarnos”, concluye.


El Bagre escenario del Primer Encuentro de Política Pública para prevenir el trabajo infantil minero



- El Gobierno Nacional, la Gobernación de Antioquia y el Proyecto Somos Tesoro lideraron este proyecto el pasado 8 de abril.


A la cita asistieron 60 personas, representantes de las Administraciones Municipales, Instituciones Educativas y Organizaciones Sociales de los municipios de Remedios, Segovia y de la región del Bajo Cauca y del Gobierno Nacional y Departamental.


El objetivo de la jornada fue enlazar las propuestas por parte de los delegados del Gobierno Nacional, Departamental, Municipal y las instituciones educativas de estas dos regiones antioqueñas, cuya vocación económica gira en torno a la actividad minera del oro.


Este evento se llevó a cabo en el Centro de Formación Minero Ambiental del Bajo Cauca entre las 7:30 a.m. y las 5:30 p.m.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Munera Eastman 790 AM

Opiniones

Opiniones